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Los Tremos somos un grupo de ciclomontañistas entusiastas y amistosos, activos durante todo el año, nos reunimos cada fin de semana con el unico objetivo de Compartir y Disfrutar un buen momento con los Amigos y la Naturaleza, recorriendo las montañas, cerros y veredas de Guatemala. Te esperamos.


lunes, 15 de marzo de 2010

Trip del 14/03/2010: El colazo del guía extraviado

Nuestro país, dotado de una geografía muy accidentada, en donde la cultura está definida, entre otros aspectos, por el uso de rutas y atajos pedestres, que se alojan y se trenzan en sus escarpados cerros, montañas y volcanes, conformando una infinidad de veredas que conectan poblaciones, lenguajes, etnias, usos y costumbres. En sí, vinculan la pluri y la multiculturalidad guatemalteca.

Naturalmente, todo ello configura la perspectiva desde la cual se ve el ciclismo de montaña en Guatemala. Explorando esas rutas. Buscando aquellas en donde los ascensos sean más complicados. En terrenos en los que apenas pueda pisar el calzado de la bicla. Tratando de encontrar descensos escabrosos, irreverentes, salvajes, a costa, incluso, de la integridad física. De sí, un ciclismo que hace consideraciones extremas tanto para el ascenso como para el descenso entre veredas, viendo con desdén el tránsito por rutas balastradas y de asfalto. Una filosofía que goza, por sobre todo, de descensos reservados al más diestro downhiller; en la procura de imponerse ante los más cortados y accidentados terrenos. Un ciclismo en duro extremo. 

En efecto, el colazo de ayer expuso fielmente la filosofía del ciclomontañista guatemalteco. Comandados por los Exploradores del Sur, nuevamente rodamos por el sur de la capital guatemalteca. La ruta: Finca la Selva, Zorzoyá, Finca Florencia, San José Villa Nueva. Aproximadamente 42 kilómetros, de ellos un 60%, aproximadamente, consiste en ascenso, y el resto entre terreno llano y descensos cortos. Esta ruta está trazada con un solo objetivo. Alcanzar la cima, desde donde se tiene una vista privilegiada de gran parte del sur de la ciudad capital, para iniciar con un descenso extremo de aproximadamente 2 kilómetros. Recorrer aproximadamente 40 agotadores kilómetros, tan solo para alcanzar ese técnico descenso, por no decir infranqueable. 

Foto: Jaime Chanquín 

Los primeros kilómetros sirvieron de calistenia. El primer reventón, desde la aldea el Calvario hasta la entrada de la finca la selva, sirvió para pedalear a ritmo y sin sobresaltos. Luego, atravesando la citada finca hasta Zorzoyá, la cosa se puso más alegre. La vereda complicó más el ascenso. La cadencia, inevitablemente, se veía continuamente interrumpida por el caprichoso terreno. El sol pegaba más fuerte, y la escasa vegetación permitió una exposición con pocos límites sobre nuestras humanidades. Los engranajes de las multiplicadoras tendían hacia los platos más pequeños y a los piñones más grandes. Subimos como pudimos, y para no perder el respiro, al final del ascenso decidimos realizar una pequeña tregua. Como es regular y de la manera más natural brotó el humor negro al más puro estilo chapín. Entre risas y no tan sutiles socarronerías. 

Luego, nos dirigimos hacia Florencia. Atravesamos la finca, rodando un tanto relajados sobre una vereda escondida en una espesa vegetación. Esta vez, el sol tuvo dificultades para hacer contacto a plenitud sobre nosotros. Este sendero nos llevaría hasta Magdalena Milpas Altas. Allí, la mayoría se abasteció. Continuamos. Descensos rápidos, algunas planicies y unos cuantos reventones, nos separaban del descenso. 

El descenso 

En la antesala de nuestro objetivo, pudimos contemplar el lago de Amatitlán, y a sus alrededores, una de las partes más densas de la gran urbe guatemalteca. Villa Nueva y San Miguel Petapa. Un par de fotografías que guarden memoria de ese momento y a por el descenso. 

Foto: German Natareno

Esos dos kilómetros, que en algunos de sus tramos se erigieron infranqueables para los menos diestros, y en la guinda del pastel para los más habilidosos, fueron por los que el grupo había derrochado energía y esfuerzo. Esos efímeros 15 minutos de descenso bien valdrían la pena. Las anteriores 3 horas y media de pedaleo quedaban atrás. Lo que importaba era complacerse con el descenso que teníamos frente a nosotros.   

Iniciamos en un terreno bastante cortado, en las cuales se configuraban una serie de irregularidades que caprichosamente adoptaron la forma de escalinatas, una detrás de otra. El sonido emanado por algunos de los mecanismos de nuestra bicicletas daban cuenta de lo violenta que era esta primera parte. Ese sonido hacia que la adrenalina fluyera con mayor facilidad. La inclinación iba disminuyendo, y las escalinatas continuas habían sido historia. Ahora la dificultad radicaba en lo traicionero del terreno, que aunque con menos irregularidades, por momentos arrojaba sobre su superficie alguna abertura que fácilmente podría atorar las llantas delanteras y expulsar de bruces al conductor. Además, las velocidades que se desarrollan, con nuestro propio consentimiento, al observar un terreno no muy complicado, podrían hacer más aparatosa cualquier caída. 
Foto German Natareno

La parte más complicada estaba conformada por una serie de rocas volcánicas de significativo tamaño, conformando montículos en los que los deslizamientos de los neumáticos estuvieron a la orden del día. En los trechos más despejados, el reto consistió en impedir que los pedalines hicieran contacto con esos sólidos elementos y evitar caídas, que bien pudieron haber provocado una grave lesión. La técnica en el frenado y el equilibrio sobre la bicicleta fueron fundamentales para sortear este trecho. Aquellos que en esta parte recorrimos a veces montados, a veces a pie, caímos en la cuenta que esto último no nos eximía de caer. El descenso, a continuación, presentaba un terreno empinado. Una zanja con tierra suelta, rocas y agujeros, en la que la mayor atención era no hacer contacto con las paredes de la misma. Los frenos comenzaron a gritar impacientemente. Y el rictus mostrado en los rostros era una mezcla de temor, cuidado y emoción, y en algunos, de reniego. Al final de la bajada, un rápido con camas de ripio y tierra suelta, prácticamente se tragaban los aros, acompañadas de rocas y zanjas. Alcanzamos nuestro objetivo. El descenso había terminado, y con ellos nuestra aventura. Nos quedaba pedalear por terracería y asfalto hacia el lugar donde estaban los vehículos que nos llevarían a casa. 

Finalmente, este colazo que aún no había sido bautizado, pero con motivo de la desorientación de uno de los guías, el Explorer Ronald, ha pasado a denominarse: el colazo del guía extraviado. 

Feliz inicio de semana. 

TG

6 comentarios:

German dijo...

vaya forma de revivir el colazo!!! la primera un par de dias antes trazando el colazo en el mapa de google, la segunda el domingo sobre mi anthem y la tercera ahora leyendo el relato muy bien "pintado" por el distinguido TG, gracias por transportarnos asi al trip.
se nos perdio la mochilita!!!!!

Jaime dijo...

Gracias TG por describir el ride de una forma tan amena que lo transporta al lugar de los hechos, queda uno invitado no solo a volverlo a leer sino a unirse a las aventuras que domingo a domingo se dan.

Buenas tomas German gracias por plasmar en imágenes el ride.


Y que paso con el GPS Ronald lo dejaste perdido?

Luis Burbano dijo...

Relato digno del editorial de cualquier revista internacional de MTB, Felicidades Walter y gracias por narrar de esa manera los colazos. La introducción esta vez no podia ser mejor para resumir nuestra Guatemala desde el punto de vista ciclo montañero.

La ruta, una de mis favoritas y mas extremas, es uno de los primeros colazos que tuvimos que se puede denominar como fuerte, subida de 15 kms. que aunque es una vieja conocida, siempre nos hace jadear en algunos tramos.

La bajada de lo mas tecnico, pero un deleite cuando se le logra dominar.

Poco mas de 40 kms increibles.

Anónimo dijo...

Hace algunos años (4 o 5) cuando me inicié el MTB y conocí la bajada de Florencia a Barcenas me encantó y la hacia seguido; lo bueno era que estába tan accidentada como lo relatan. Ya hace algún tiempo que no he podido revivirla, pero con este relato de TG siento de nuevo esa adrenalina acá sentado ante el computador! y como diría TG poeticamente, mi cuerpo inspira y expira ese ambiente, el viento golpeando mi humanidad de frente,, hahaha, felicitaciones que buen colazo!!!

spacheco

Anónimo dijo...

QUE COLAZOOOONN LOCOS!!!
Y QUE FORMA DE NARRARLO TAMBIEN.

EFECTIVAMENTE QUE BUEN RIDE, 42 KILOMETROS EN DONDE ENCONTRAMOS DE TODO, ASCENSOS FUERTES, UNOS LARGOS OTROS CORTOS PERO EN LOS CUALES DEBE DEBE DE SUBIRSE A PURA TECNICA, DESCENSOS, ALDEAS ETC..

ESE DEBEMOS DE REPETILO PRONTO, TANTO PARA NOSOTROS COMO PARA QUIENES AUN NO LO CONOCEN,,

LA VDD YO ESTUVE A PUNTO DE ABORTAR A MEDIO COLAZO PORQUE TUVE LA MALA SUERTE DE QUEBRAR MIS LENTES, Y LO PENSE DOS VECES PERO AUN ASI ME ANIME; GRACIAS A OSCARTO QUE ME PRESTO LA CINTA DE LOS SUYOS PORQUE ERA MUY POSIBLE QUE SIN ELLOS HUBIESE IDO A TROQUELAR MI ROSTRO EN CUALQUIER AREA ,, JAJAJA

NOS VEMOS EN PALIN.. PARA OTRA TREMO AVENTURA

SALUDOS DESDE GUATEMALA PARA TODO EL MUNDO

ATT
TREMO KID
CARLOS FIGUEROA
(EL CHOCO SIN LENTES JAJAJA)

Iguana dijo...

Saludos desde Wisconsin.
Soy Antigueño y tengo años de no montar en mis veredas y al leer este reportage. Pues solo la imaginacion me hizo transportarme ahi y revivir esos viejos tiempos y sentir de nuevo eso aires frescos y aromas de sembradillos a los alrededores.
Buenisimo!
Carlos Haeckel!